Esta semana se estrenó finalmente en Chile El Bar, la última película de Álex de la Iglesia. El director vasco, que ya con Mi gran noche, y teniendo nada menos que a Raphael, logró un resultado más bien mediocre, no logra salir del pantano en esta nueva cinta, dejando al espectador cada vez con más ansias de concentrarse en los DVDs de sus primeras películas: El Día de la Bestia, Muertos de Risa, o La Comunidad.

Porque la genialidad y viveza mostrada en esas cintas, ya está extinguida en los últimos trabajos del hispano. Explotar hasta la saciedad una fórmula que ya no da resultados, y sigue una lógica bien similar: parten de manera ingeniosa, mientras que acercándose al final, las ideas comienzan a faltar y parece ser que la premura de sacar un producto es prioridad, antes que cerrarlo de una buena manera. Como quién hace salchichas por cantidad.

Dicha premura se ve reflejada en terminar con situaciones inverosímiles, giros de trama absurdos, y un relato bastante forzoso. Todo esto es una lástima, siendo que la premisa de la película no deja de ser caldo de cultivo para un humor negro desopilante. De hecho, el planteamiento (un variopinto grupo de personajes que deben lidiar entre sí) se parece a La Comunidad. El valor añadido de tenerlos a todos obligadamente encerrados, establecer un límite físico para florecer la creatividad, parecía ser el inicio de una muy buena idea.

Ya, ya, la historia

Como sea, aquí vemos a un set de personajes que conviven en un bar en el centro de Madrid. Uno de ellos sale, y le pegan un disparo. Luego sale otro en su auxilio, y ¡bam! le dispara también. Todos en el bar de aterrorizan, especialmente porque la gente de la céntrica calle desaparece.Prenden la tele para ver qué ocurre, y no dicen nada. Parece que nada ocurre. ¿Qué pasa? ¿Ocultan algo?

El tema es que la fuerza del plot se va apagando. Lo peor es que se vuelve predecible. Y el problema es que toda la información se da demasiado temprano. Incluso antes de la media hora uno puede conectar los puntos y decir “aaaaaah, esto era por esto otro”, lo que envuelve de ansias la espera de la resolución.

¿Y cómo trata de resolver De la Iglesia sustentar el ritmo y la historia? Con sketchs, que suelen tener conexiones bastante débiles. En ese sentido, tal vez el personaje del vagabundo (Jaime Ordóñez, ya habitual para el director) con su delirante sentido religioso y apocalíptico es quien lleva la batuta en cuanto a la acción más interesante, como el marginado que no parece tan importante, y a quienes los demás tratan con distancia, o de manera condescendiente. Aún así, volvemos a la predictibilidad.

La desesperación y la claustrofobia que genera el encierro y la incertidumbre del destino de todos saca a relucir el lado oscuro de los personajes. En serio ¿Tengo que decir de nuevo lo predecible de esto? Tal vez lo más destacable aquí es la metáfora de la alcantarilla, lugar nauseabundo que representa la idea mencionada.

Terminando…

Hay otro par de cosas que predisponen, lo siento. Mario Casas como Nacho, el hispter, no pega. Verlo intentando liderar el rescate me pareció más una sátira a Los 33. Blanca Suárez como Elena, la contraparte femenina, es demasiado funcional y monotemática (se siente sola y sólo busca el amor). ¿Test de Bechdel acá? Pues no pasa. Y da lata. Por favor, ya estamos en 2017.

Tal vez De la Iglesia debería tomarse un tiempo más reflexivo entre película y película. Nadie le pide que cumpla con un récord. Falta un poco de la frescura de sus primeras cintas, que en su propio género, tenía un humor negro parecido al de Luis García Berlanga, ese inmerecido director cómico español de los 1950-80.