La magia del cine B viene, en parte, del entusiasmo de sus creadores frente a un vendaval de contras: presupuesto, locaciones, efectos especiales y un largo etcétera. Por eso, la balanza a favor se inclina casi siempre por una idea original, novedosa y entretenida. El cine B se lee a sí mismo como B, y esa honestidad le hace bien. El problema es cuando una película B nos la intentan pasar por una de gran producción, y es evidente, EVIDENTE, que no lo es.

Particularmente, me refiero acá a R.O.T.O.R., una cinta de 1988 que recoge las ideas de las populares franquicias de entonces Terminator y Robocop. Pero tampoco vamos a trabajar un enfoque epistemológico de la película, trayendo reflexiones filosóficas sobre la naturaleza de la humanidad y la ambigüedad moral del desarrollo tecnológico a la vanguardia de los pensamientos de su audiencia, que pareciera no ir a la velocidad del relato.

¿Cómo tanto?

Todo parte mal/bizarro (bizarro y malo serán sinónimos en esta columna) con los créditos de inicio, donde se nos explica quién (o qué) es R.O.T.O.R. en una imagen fija con un texto infinito. Esta secuencia dura casi tres minutos, con esta imagen fija y música de sintetizador. Todo esto, con el fin de construir tensión, me imagino… tal vez podría ser una sutil metáfora de la banalidad de la implacable máquina de corazón frío.

En fin. Resumiendo (no vamos a parar en CADA escena bizarra). El doctor Barrett Coldyron ha creado un policía robot. Llaman al nuevo oficial mecánico R.O.T.O.R., que significa Robotic Officer Tactical Operation Research. La presentación de R.O.T.O.R. es en una oficina con su asistente, alguien que se toma muy en serio su papel de asistente con ceño fruncido. Otras personas preguntan sobre el funcionamiento del robot, y las respuestas del doctor Coldyron son notablemente vacías. Pero la mejor línea es cuando se le pregunta a Coldyron si el robot es un héroe o un villano y responde: “La única diferencia entre un héroe y un villano es la cantidad de compensación que reciben por sus servicios. En nuestra escala de sueldos, diría que somos héroes”.

Mención especial al Robot-asistente-policía-algo-así, plagio del que Rocky Balboa le regala a Pauly en Rocky IV. Es indescriptible.

No puede ser tanto…

Haciendo honor a la elipsis narrativa, durante algunas pruebas se produce un error que hace que R.O.T.O.R. se active. Cuando lo hace, veremos que está programado para juzgar y ejecutar. Todo se sale de control cuando escapa y encuentra un auto apurón en la carretera. Mata al conductor y la pasajera sale corriendo con el robot asesino en su camino. Poesía visual.

Pero lo realmente extraño de R.O.T.O.R. es la torpeza de principio a fin. A pesar de la intensidad de la situación, todo se mueve lentamente, como sólo había oportunidad para hacer cada escena. No estamos viendo la mejor toma, sino LA toma. Lentitud, inverosimilitud de la cinta entera, y que R.O.T.O.R. al final no es más que un tipo con un casco, gafas y un bigote de película porno. Todo eso resulta en los ingredientes de una película que llega a ser insultantemente mala.

¿Qué más se puede decir? Que todo esto zafaría si no es porque no logra un nivel de autoconciencia de lo ridícula que es. Simplemente te ríes DE la película, y no con ella.