El cine ahora es multiplataforma, y resulta muy usual disfrutarlo desde la casa, poniéndole pausa o haciendo otras cosas mientras la película está de fondo. Antes no era así. Y sin pecar de nostalgia, el cine (y el recinto donde se mostraba) tenía características especiales. Era oscuro, y la audiencia compartía una experiencia voyerista al ver los enredos de los protagonistas . En ese sentido, Peeping Tom (1960, Michael Powell) va más allá y nos invita a experimentar en primera persona las acciones de su personaje central.

¿De qué se trata?

Peeping Tom es una película sobre un hombre que filma a sus víctimas mientras las mata. Así, podemos ver en plano subjetivo la cara de horror de las mujeres víctimas. No es tanto la trama, sino la forma visual la que desmarca el filme de la línea típica del terror de la época. Al hacernos partícipes, se dejaba de lado el goce voyerista y nos otorga cierta responsabilidad. Llamativo es, considerando que el protagonista es el director de fotografía en una película que se rueda, y que será parte importante del ambiente.

Mark, el protagonista, trabaja tomando fotos a muchachas en el segundo piso de una tienda de abarrotes, donde las venden. Entre esto, y la dirección de foto de la película mencionada anteriormente, Mark vive encerrado en un mundo de imágenes. Pero no sólo eso, sino que su obsesión se sustenta en capturar las más fehacientes expresiones del miedo humano. En una escena, de hecho, se queja de que su sujeto no luce lo suficientemente temerosa. La cámara da poder a Mark, no se refugia tras ella, y allí se nos invita a tomar parte. Powell reconoce en Hitchcock tanto el terror como el suspenso. Sin altas pretensiones, Peeping Tom reformula la cámara de Una Ventana Indiscreta, de su compatriota (1954).

Mark vive en un edificio, y en el piso de abajo se encuentra con Helen, quien lo invita a una fiesta en su casa. Mark desiste, y Helen le lleva pastel. Desde ahí, la historia girará en cómo Mark y Helen van desarrollando una relación amistosa. Tensa, pero sin caer en el cliché amoroso. Helen tiene una madre ciega, y este contrapunto será interesante para poner en perspectiva los deseos de Mark. Especialmente cuando es ella la que en un momento invadirá el espacio más personal de Mark: su habitación donde guarda todas sus filmaciones.

Todos somos Mark

Peeping Tom se adelanta a lo frenético, neurótico y pornográfico del voyerismo actual. Ya pasada la época de los realities, es Internet, las transmisiones en vivo en Facebook y Snapchat los que juegan un rol como el que plantea Mark en esta película de hace casi 60 años con una solemnidad cautivante. Seguramente le sería mucho más fácil tecnológicamente cumplir sus deseos, aunque tal vez le resulte menos interesante.

La obsesión de Mark será un poco más estética. Aunque también viene de su padre, un sicólogo conductista que lo somete a situaciones incómodas en su infancia. Su sensibilidad artística lo pone ahí, más allá de su trabajo formal. Esta obsesión no es nueva. Entre 1958 y 1959 es capturado -y luego muerto- Harvey Glatman, un asesino serial estadounidense, “El Asesino de los Corazones Solitarios”. Glatman no sólo secuestraba y sometía a sus víctimas, sino que las fotografiaba. Tal vez el caso más emblemático de este tipo sea la muerte de Regina Kay Walters. Ella fue asesinada a manos de Robert Ben Rhoades, mientras la fotografiaba.

Regina Key Walters, segundos antes de ser asesinada

Peeping Tom está considerada una de las piezas clave del cine de terror. Esta etiqueta es posterior, ya que su estreno no estuvo exento de polémica. Después de haber trabajado con Emeric Pressburger en una infinidad de títulos, acá decide ir solo. La crítica lo despedazó, y “desagradable” fue un adjetivo suave al calificar el estreno. Afortunadamente, la distancia ha sido favorable… Aunque las víctimas de Mark digan otra cosa.