El Portero Nocturno (1974, Liliana Cavani) ha otorgado a la imaginería del cine explotación erótica mezclado con nazismo. Obviamente, es mucho más que eso, aunque difícilmente puede ser una obra que cierre bien.

La cinta aborda una relación sadomasoquista entre un oficial de la SS (Max) y una judía de quién abusó de joven en los campos de concentración (Lucia). Esta relación vuelve cuando, 15 años después, la joven y el oficial se encuentran nuevamente. Ella como esposa de un director de orquesta, y él como el portero del hotel en Viena, donde los primeros se alojan.

La incomodidad de ambos comienza a quedar de lado cuando tanto Lucia como Max están interesados en retomar lo que habían dejado. Eso sí, lo que habían dejado carece del aspecto romántico típico, y se muestra como una explotación extrema de violencia y abuso, en contextos demasiado poéticos (escena de violación frente a unos ancianos) especiales para establecer una expectativa alta sobre la historia de ellos.

Max esconde sus emociones a todos, menos a nosotros. Lucia actúa de manera similar, aunque suponemos, ambos están conscientes de las implicancias morales de lo que intentan reconstruir. Esta intuición se confirma cuando van al departamento de él, y viven nuevamente una especie de Síndrome de Estocolmo, con ella encadenada, y él proveyéndole.

El control de Max es desde el primer flashback, cuando vemos cómo filma a Lucia mientras está siendo registrada, de una manera que evoca al film de michael Powell, Peeping Tom (1960). Sabemos quién controla qué. Y por lo mismo, sabemos a quién se le va de control todo cuando ya pierde su posición de poder.

Curioso es que esta misma relación que Max impone a Lucia (por decirlo de una forma) es vivida por Max en la forma inversa, con la condesa Stein, que vive en el hotel, y donde efectivamente Max no se siente cómodo. Acá no hay Síndrome de Estocolmo ahí, pero nos hace pensar en la nostalgia de Max por Lucia y su reencuentro.

Se ha catalogado a la historia de absurda, pero creo que la relación de violencia y dependencia emocional es fuerte en sí misma. Su contradicción no es advenediza, sino que es una característica fundamental de lo que viven. El problema aparece cuando esta relación no evoluciona, y sólo queda en aislarse. Como mencioné, Max ya no es oficial de la SS, pero se desenvuelve en ambientes que en un principio parece controlar: hace funcionar las luces del hotel, es su ambiente de dominio. Lo mismo sucede con su casa, pero en cada etapa, el espacio de control es menor

Hay una historia alterna donde este portero se reúne junto a otros que zafaron del enjuiciamiento al nazismo. Necesitan encontrar a esta joven específica, y Max la defiende, aunque no de forma evidente. Se podría decir que este paralelo es mucho más débil, y por lo mismo, la forma en que se involucra con la historia principal a ratos suele aparecer demasiado forzada.

El Portero Nocturno tiene un estilo visual exquisito, con colores saturados y un grano que ya no existe en el cine ultra digital de ahora, y unos flashback sonoros provocativos. Pero esta estética va perdiendo fuerza hacia el final de la cinta. La construcción tanto de los personajes como del mundo, e incluso los recuerdos que dan contexto a su relación, y que al comienzo encausan la historia, hacia el final se disuelve en un pastiche romántico convencional sobre el amor prohibido.