Durante estos últimos días, varios cines de Estados Unidos están reponiendo 1984, de Michael Radford. Al parecer, el mundo distópico de la historia les hace más sentido ahora que, desde su experiencia, lo están viviendo.

Partamos diciendo que 1984 es una denuncia a los totalitarismos, algo lejos del autoritarismo que podría estar viviendo EE.UU por estos días. Hay una pequeña gran diferencia entre ambos. Pero lo que convoca acá es la obra cinematográfica, por sobre todo.

Explotando un poco la caricatura sobre la Unión Soviética estalinista y con claras referencias visuales a Metrópolis (Fritz Lang, 1927), 1984 no es nueva en lo que plantea, aunque sí es intrépida en su época en cómo lo muestra, especialmente en la visceralidad de horror que un totalitarismo conlleva.

Cinematográficamente hablando (pensemos que la novela de George Orwell es del año 49), 1984 tendrá referencias en su tratamiento muy claras al primer largometraje de George Lucas, THX 1138, con una historia evidentemente más tecnologizada, pero igualmente con el foco en la prohibición de amar. En todo caso, es el contexto histórico del mundo diegético el que da fuerza a la película de Radford.

Smith (John Hurt) trabaja para el Ministerio de la Verdad, cuyo trabajo es reescribir el pasado, de tal manera que las publicaciones vayan acorde al presente del Partido (no les suena parecido?). Se vive en un presente donde hay una guerra interminable en algún lado (no les suena parecido?). Irónicamente, una apología al pasado que actualmente sigue vigente, aunque la forma haya cambiado. (Especialmente la forma del Gran Hermano)

Como todas las historias, Smith conoce a una mujer, Julia (Suzana Hammilton), el motor de cambio. Desde que le escribe en un papel un mensaje I LOVE YOU, la historia entre ellos comienza. Se acuestan clandestinamente. Terror, porque estamos en una sociedad donde el orgasmo está pronto a ser erradicado.

Punto aparte, destaca el cambio visual entre el verde del campo (Donde se acuestan Smith y Julia por primera vez) y el gris común de la ciudad. Es un oasis, que al avanzar la historia, no nos cuaja su existencia. Cada vez cobra más sentido su representación utópica.

También se suma a la historia O’Brien (Richard Burton), un oficial del Partido, que seduce a Smith dándole a entender que él también es un outsider. Ya podemos sospechar cómo va a terminar eso.

Asumiendo que 1984 es una de las novelas más leídas de nuestro tiempo, y saltándonos lo horrible de la habitación 101, podemos profundizar en la escena en que O’Brien termina torturando a Smith en un mesón. Es curioso, porque es donde O’Brien logra la mayor conexión, y entablar un diálogo más claro y honesto. Exprime el alma, busca una redención forzada, y termina por eliminar de la existencia. No suena descabellado, si pensamos que así fue hecha la Gran Purga de los años 30 en la URSS.

1984 es una tremenda película, pero no hay que perder el norte de que sin novela, no hay película. Lo celebrado, claramente, es la calidad que logra, algo no muy común en el traspaso de la impresión al celuloide -Ya lo tenía claro Hitchcock, que tomaba novelas horribles para convertirlas en sendas cintas-. Y ojo, que siempre se ha hablado de otro remake de 1984. Tal vez no sea necesario, ahora que lo vivimos día a día (de forma un poco más endulcorada, si).