El cine experimental siempre tiene buenas formas de sacudir conciencias. Aunque su nivel de lectura suele ser más profundo que el cine de ficción al que estamos acostumbrados (a menos que dediquemos tiempo para un análisis semiótico), las piezas experimentales, que muchas veces se nutren del documental, suelen ser abiertamente políticas y críticas de la realidad que las ve nacer. Ese es el caso de Unsere Afrikareise, o Nuestro Viaje a África, Peter Kubelka (1966).

El realizador austriaco logra, en 12 minutos, retratar con meridiano sentido de la sátira, la experiencia de unos europeos burgueses a un safari africano. Las tomas de animales a quienes se les da el tiro de gracia para por fin matarlos, mezclados con la experiencia turística etnográfica de los gordos blancos no sólo crea un discurso abiertamente crítico, sino que Kubelka va más allá, al editar su trabajo con un sonido asincrónico, en el que incluso incluye risas de fondo, lo que ya nos da luces de la premisa del director.

La interacción con los nativos, y la matanza animal es el estilo de vida burgués del que puede costearse una aventura. Todo, para ellos, se da en un marco de seguridad que el dinero puede pagar. Los nativos son amistosos, y están al servicio del turista. Pero siempre considerando que éste está un par de escalones más arriba en la escala evolutiva. Esa visión es satirizada el contraste de escenas de los europeos divirtiéndose nadando con snorkels y tomando el té. Al mismo tiempo, los nativos andan desnudos y se encarga de faenar a los animales recientemente muertos.

Aparte de las imágenes, y la edición de sonido característico, el cortometraje también juega con la repetición de escenas. Una y otra vez veremos primeros planos de africanos y europeos. Veremos contraste, una vida cíclica y el sinsentido de todo, similar a un crucero en el caribe. Todo armado para que sea comprado y disfrutado, pero sin que el turista vea el transfondo. Una vivencia superficial y acotada.

Es interesante ver un predecesor de este estilo en el corto de Jean Vigo A Propósito de Niza (1930). En él, el francés se dedicó a contrastar a la clase burguesa disfrutando de la Costa Azul. Mientras, también registraba al personal de servicio que se encargaba de mantener todo limpio.

La denuncia es parte de la forma. El montaje del realizador se encarga de direccionar el mensaje, y esa es la gracia del cine experimental, que muchas veces ya tiene seteado el discurso que enarbolará. El 12 minutos, vemos de la manera más cruda la condescendencia pura del civilizado.