Toni Erdmann es una comedia alemana, y por muy oximorón que pueda parecer, la verdad es que a lo largo de sus dos horas y media de metraje, podemos apreciar una cinta viva, con un humor muy perspicaz, y que inteligentemente no cae en lugares comunes, a pesar de tocar una historia que es terreno fértil para el cliché.

La película, dirigida por la germana Maren Ade, cuenta la relación de una hija y su padre. Ella, Inés, es una ejecutiva de alto rango cuyo trabajo se ha convertido en su vida, con lo bueno y lo MALO que eso conlleva. Él, Winfried, es un profesor de arte, que se aproxima a todo desde el humor, y que no tiene problemas en plantar bromas en los momentos más inesperados. Así, la historia comienza cuando él se aproxima a ella para tratar de retomar lazos, donde evidentemente veremos desde el minuto uno que la incompatibilidad será un tema.

A pesar de su duración poco usual para una comedia (entendiendo que Hollywood nos tiene seteados a la rapidez), Toni Erdmann es ágil en mostrar cómo se desarrolla esta relación, de la que siempre viviremos el presente. Teniendo muchas oportunidades para explicarnos la relación padre-hija en la infancia (y en la que perfectamente encajaban flashbacks), la construcción será trabajo del espectador, lo que permitirá que no pierda atención.

El choque más interesante es cuando la evidencia parece mostrar lo bueno que puede aprender Inés de la frescura de visión de su padre, pero finalmente es él quien aprende una lección al situar todo desde la broma, no considerando consecuencias para los demás: se verá enfrascado involuntariamente en el despido de un empleado. Inés, consultora externa de la empresa del empleado, reacciona frente al reclamo de su padre: al menos no tendré que despedirlo yo. Es alrededor de este punto como ambos personajes evolucionan, cada uno a su manera: Winfried enfrentando la realidad, e Inés mandando un poco al carajo todo… pero sólo un poco.

Inés, siempre circunspecta, entiende que esta perfección laboral carcome su vida. Ahí recoge la experiencia de su padre y se extiende como una deliciosa sátira en la escena de su cumpleaños, cuando planea una fiesta ideal, y que eventualmente irá mutando. Aquí cobra sentido el personaje de Anca, una profesional recién salida del horno y asistente de Inés, que con el típico ímpetu de practicante, jamás que no a su jefa. Nunca.

Ah! Y bueno, Toni Erdmann es una especie de personaje que el mismo Winfried creará, para acercarse a su hija a través del juego, en unas situaciones embarazosas para Inés, y en las que nadie más sabe que se trata de su padre disfrazado. Será a través de Toni que Inés vivirá su instrospección, más relacionada con la soledad. Es potente la profundidad de las inquietudes, y la aparente suavidad con que se plantean

El rescate del presente es esencial para entender la película, y es por eso que, como ya habíamos visto, no recurre a recuerdos -visuales, porque recuerdos emotivos hay varios, especialmente cuando Inés canta-. También es fundamental comprender que la importancia del presente está en los momentos, y en atesorarlos. Esto puede sonar muy obvio, pero es la última palabra la que quiebra el equilibrio en un axioma que hemos tomado como un mantra.

Toni Erdmann es una de las nominadas al Óscar como Mejor Película Extranjera. Ya sabemos cómo se comporta la Academia con las comedias, pero esto no nos debe desenfocar del precioso fondo que este film tiene, de las diferencias en la relación padre-hija, y de cómo entenderse, en una cadencia que nos da tiempo para reflexionar sobre esto. Por eso, más allá de las alabanzas que consiguiera en su estreno en Cannes a mediados del 2016, Toni Erdmann hace del ritmo su principal fortaleza para que sea una comedia entretenida e inteligente.