Ya una vez comenté Alucarda: hija de las tinieblas, obra cumbre en la filmografía de Juan López Moctezuma. Para quienes no lo conozcan, López Moctezuma es un director especial, pero por sobre todo un artista multidisciplinario que, contemporáneo a Jodorowsky, llevó sus deseos y gustos por el terror, el erotismo y lo transgresor a la pantalla grande. Alucarda se convirtió en una película de culto, revalorada años después, posterior a su incomprendido estreno a finales de los ‘70 en México.

Es este redescubrimiento el que da nacimiento a una camada de admiradores, que el documental Alucardos: Retrato de un vampiro, se espera en contar. Esta pieza, dirigida por Ulises Guzmán, se centra especialmente en dos de estos fanáticos. Manolo y Lalo, quienes admiran a López Moctezuma a un nivel que por momentos roza lo preocupante.

A través de sus testimonios y la construcción de sus propias biografías, sabremos que Manolo es un odontólogo que durante su adolescencia buscó su propia identidad de género y que, con atisbos de hormonas femeninas, se inclinó por ser varón. Lalo, por su parte, es un farmacéutico que no olvida cómo su mamá fue asesinada por su padrastro, en un acto que le fue escondido durante un largo tiempo, y que le costó mucho creer.

Ambos, unidos por su gusto hacia López Moctezuma, se verán envueltos en una relación de amistad algo ambigua, pero consensuada, en donde caminarán juntos en su búsqueda por más y más elementos de su culto, como encontrar a Tina Romero, la protagonista del filme, que con aceptación, pero un dejo de escepticismo, abraza a estos jóvenes entusiastas.

Este punto sobre el culto es importante, porque es el que más fuerza toma en el documental. En un momento, Manolo y Lalo relatarán un episodio de los ‘90 que les voló la cabeza: Una misteriosa mujer los llama y les da una cita con Juan López Moctezuma, que en ese momento estaba internado en un hospital psiquiátrico. Ambos logran entrar al hospital y secuestran al cineasta, llevándolo al lugar de filmación de Alucarda. López Moctezuma mira aturdido todo, encontrando una respuesta en su cabeza. Esta parte es sin duda la guinda de la torta del material.

Todo esto, ayudado con una batería de recreaciones, construye un relato entendible, aunque por veces enredado, tanto sobre estos duros fanáticos, como sobre la vida del artista. La variante de éste último, relatada por sus hijas, y que ahonda en su posición social privilegiada y su relación con los medios, pierde consistencia frente a lo absurdo de Manolo y Lalo. Igualmente, Ulises Guzmán se esmera en reconstruir a través de testimonios la producción de Alucarda, que revelará unas formas de trabajo de Moctezuma que limita con la ilegalidad, y que si bien es interesante de conocer, sólo llega a ser anecdótico.

La falla del documental radica en el exceso de recreaciones. Si bien ayudan reforzar el testimonio, por momentos parece que estamos viendo micro relatos sin mucha conexión unos con otros. Al intentar abarcar mucho sobre Moctezuma, se pierde el foco sobre lo realmente interesante, que no es la biografía del cineasta mexicano, sino la historia de Manolo y Lalo.