Playtime fue la película más ambiciosa de Jacques Tati. Luego de un reconocido éxito con su personaje de Señor Hulot en varias cintas de comedia, Tati se embarcó en lo que sería su perdición. Como le ha pasado a varios grandes artistas, las ansias de construir su obra definitiva lo llevaron a la quiebra. Pero también la experiencia nos ha mostrado que muchas veces estas obras, incomprendidas en su momento, son rescatadas y releídas con posterioridad, llevadas así al lugar al que fueron planeadas en un primer momento.

Playtime es un juego de Tati. Un juego del tiempo y del espacio. Una obra arquitectónica en sí misma (Digamos que gran parte de su quiebra fue gracias a la construcción de la moderna París que podemos ver en la cinta, bautizada después como Tativille) que logra burlarse de la modernidad tan recurrente de los años 60, cuando fue filmada.

Esta modernidad de la que se ríe Tati se hace evidente durante toda la cinta, especialmente en escenas como cuando es invitado por un amigo a entrar a su departamento, y en dos grandes ventanales tanto el espacio privado del amigo, como el del vecino, en una especie de pantalla dividida. Un espacio común donde no hay convivencia, sino sólo individuos que hacen sus vidas – Lo que se refuerza en la forma, ya que no vemos ningún primer plano en las dos horas de Playtime, algo que ayuda a esta deshumanización, donde la estructura arquitectónica está siempre en ese primer plano por sobre el humano. Una lotería urbanística donde nos tocó vivir.

Similar a esta escena comentada es una del comienzo, cuando Hulot espera a alguien en una oficina, desde donde puede ver todo el exterior, ya que es un cubo de cristal. Un acuario que permite ver a su habitante todo su alrededor, pero no apropiarse de él. Eventualmente saldrá, por exploración o más bien por liberarse. 

Lo mecánico de la vida está dado por lo geométrico de los espacios, especialmente los interiores, donde domina el gris. Las escenas en el aeropuerto dan cuenta de ello. Pero donde más se nota es en la oficina, donde cada cubículo es un privado, formando una grilla de pasillos, donde el sentido de trabajo en equipo se esfumó, y la irracionalidad de la burocracia se hace presente (Especialmente en la escena donde un jefe llama por teléfono a un empleado para pedir unos números, y éste camina hasta el exterior de la oficina del jefe a buscar los números, para luego tomar un largo camino de regreso a su cubículo y retomar la llamada con el jefe).

La burla a la modernidad es sobre todo visual, mucho más analítica y menos histriónica que anteriores entregas del Señor Hulot, con menos gags y slapstick. Por ello, su humor no es tan fácil, lo que se añade a un ritmo bastante rupturista para una comedia, en que muchas veces se hace larga y tediosa. A ratos, parecemos presenciar un collage de situaciones citadinas sin una conexión aparente más allá de la aparición de Hulot. Podemos intuir que seguramente esto fue una de las razones para que no consideraran su estreno en Estados Unidos.

Playtime es una obra tremenda, que nos ayuda a dimensionar el peso de la modernidad en una sociedad nueva, en un mundo de postguerra donde no hay reconstrucción, sino que parte todo de cero. (Lo deja bastante claro cuando vemos sólo a través de reflejos momentáneos en ventanas los íconos clásicos de París, como la Torre Eiffel o el Arco del Triunfo). Impersonalidad y un simulacro de convivencia. Algo que no nos parece tan lejano.