La historia del cine latinoamericano es muy consciente en recoger la pobreza del continente a lo largo de su obra, pero la forma en que lo hace Agarrando Pueblo (Luis Ospina y Carlos Mayolo, Colombia, 1978) es innovadora, por cuanto da una vuelta al enfoque y utiliza la ironía como clave para entender no sólo la pobreza, sino la forma en que es vista por las culturas del Primer Mundo.

“Agarrando Pueblo” es un falso documental que se sitúa en Cali, Colombia. Allí, un equipo latinoamericano que trabaja para la televisión alemana tiene una misión que cumplir: filmar un documental que muestre la pobreza y la marginalidad urbana. Claro que este equipo es una metáfora del realizador latinoamericano que no tiene problemas en aislar todas las variables de la pobreza, crear un pastiche, y venderlo como un producto exótico. Así, veremos a lo largo de este falso documental cómo la forma en que los realizadores ruedan su documental por encargo plantea un discurso totalmente paternalista y colonialista, la forma en que el Tercer Mundo debe lucir para los civilizados.

Lo que hace evidente la burla en “Agarrando Pueblo” es el contraste entre el falso documental que vemos, y el documental que el equipo está grabando. Es la cámara (nosotros) que sigue al equipo de realizadores, de la misma forma en que ellos siguen a sus personajes. Ospina y Mayolo nos lo deja muy claro al intercambiar de blanco y negro cuando vemos el falso documental, a color cuando vemos las tomas que serán parte del trabajo europeo. Una película dentro de una película. Un desdoblamiento del arte que visibiliza el artefacto y nos muestra sin tapujos su real intención.

Por eso, es tan acusador el momento (y los muchos momentos posteriores) en que estos realizadores se enfrentan a sus sujetos y los animan a actuar de una determinada manera. En la primera escena de “Agarrando Pueblo” ya lo podemos ver, cuando estos realizadores filman a un pordiosero a la salida de una iglesia, que resulta ser muy tímido. Al parecer esto no es lo suficientemente atractivo y Mayolo (que interpreta al director de este equipo) le da instrucciones para que “mueva el tarro”, y suenen las monedas en su interior. Estamos viendo una dirección de actores, que en adelante mostrará el crudo mundo de ese documental latinoamericano ficcionado para un público europeo.

La claridad sobre la real intención de este equipo será revelada en las escenas del taxi, cuando viajen por toda Cali buscando más sujetos a quienes registrar: niños en abandono, prostitutas, locos, barrios pobres, etc. Así,la agresividad con la que vemos a este equipo importunar a los vagabundos contrasta con la serenidad con que este mismo equipo toma su trabajo. Sólo se sitúan frente a un niño abandonado, ponen la claqueta frente a la cámara, y comienzan a rodar.

Este discurso contestatario (en un exquisito tono de sátira) desvela el abuso del subdesarrollo que el cine local buscaba explotar en esa época, muchas veces realizado por las élites culturales de los respectivos países. Recordemos que estamos hablando de los años 60 y 70, en uno de los continentes más desiguales del mundo. La forma totalmente novedosa en que se aproximaron a este tema permitió a los autores acuñar el término de “pornomiseria”, una especie de formato donde la pobreza es explotada como un fenómeno en sí mismo y descontextualizado, vista desde un punto de vista voyerista, con curiosidad, pero con la suficiente distancia como si fuera un objeto de estudio etnográfico para los blancos. Un producto para vender.

Similar a la escena del inicio en la iglesia, otra escena posterior nos mostrará al equipo pagándole a unos niños para que se bañen en una pileta. Uno de ellos se accidenta, y un miembro del equipo le da dinero para que se compre un parche curita, y sigue el rodaje. Es como el soldado que quedó herido y ya no sirve. Una baja, que no hace sino despertar la ira de algunos testigos del rodaje, que comienzan a discutir con el equipo, denunciando lo mismo que busca denunciar “Agarrando Pueblo”: la explotación de la miseria.

Más adelante, la forma en que estos realizadores construyen el producto se hace evidente en la escena del hotel, cuando el productor consigue a una familia pobre, con quienes ya han ensayado previamente un guión sobre lo que tienen que decir frente a cámara. Tienen que mostrarse como analfabetos, sin estudios, y con hijos sucios. No sólo eso, sino que a la madre le pagan $500 pesos por participar. Toda esta escena, en una toma, y con un look de cámara escondida, desnuda una práctica que parece muy plausible en este tipo de trabajos, y que no tiene problemas en recrear la realidad, tal como lo hiciera ya Robert Flaherty durante Nanook of the North.

Esta disociación entre los realizadores latinoamericanos (principalmente colombianos) y la forma que tenían para representar su propio continente efectivamente les permitió participar en festivales de cine europeos y adquirir reconocimiento. Este es el muro con el que Ospina y Mayolo se encuentran y pretenden derribar, o al menos, decirnos a todos que ese muro existe. Ese mismo muro que en tantas ciudades latinoamericanas divide a los pobres de los ricos.

“Agarrando Pueblo” ya cumplirá 40 años, pero su discurso sigue vigente como una forma de aproximación a la crítica, y es una guía para denunciar la explotación, que en Latinoamérica ya se ha vuelto común gracias a los noticiarios.