Las frustraciones del Empleado Man las viven muchos quienes están sometidos a una rutina estresante donde equilibran trabajo insatisfactorio, vida personal desecha y trayectos matadores que comen la existencia. Lo podemos ver todos los días tan solo con salir a la calle y observar un poco más de la cuenta. Uno de ellos es D-Fens, un ex-empleado de una empresa de defensa, en apariencia tranquilo y buen ciudadano, víctima de todos los males antes mencionados.

D-Fens está mal. Hoy es el cumpleaños de su hija, y su ex no lo deja verla. De hecho, hoy va camino a verla (aunque tiene orden de alejamiento), y es en el tráfico donde algo hace click en su cabeza, y abandona su auto a deambular.

A medida que vemos cómo D-Fens (Michael Douglas) comienza a ser más y más violento en su camino, vemos en paralelo a Tendergrasp (Robert Duvall), un policía que (cliché gringo a la vena) está en su último día de trabajo antes de jubilar e irse con su esposa a un retiro aburrido. Eso, cuando llega la noticia de una ola de actos violentos durante el día, y que resulta ser atribuible a un loco con un arma repartiendo excesos gratuitos. Guinda de la torta para revivir la aventura del trabajo y encontrarle sentido a las cosas.

A pesar de estar ambientada “en nuestros días”, Los Angeles aparece como una ciudad distópica. Un calor abrasante, sensibilidad a flor de piel, y un D-Fens ataviado con camisa corta, corbata, y un corte de pelo de oficinista, nos abstraen un poco de la realidad y crean un universo lleno de estímulos visuales y sicológicos que aportan a una creciente decadencia.

D-Fens camina entre un portador de una moralidad impecable y un sujeto que quiere desahogarse frente a las injusticias que enfrenta, que son las que todos enfrentamos y nos generan una rabia postmoderna (como la escena en que va a un restaurante de comida rápida a pedir desayuno, y llega 5 minutos tarde para alcanzar el menú. Eso, y luego la hamburguesa que recibe, que definitivamente no luce tan apetitosa como en la imagen del mesón. ¿A quién no le ha pasado eso?).

Todo para el personaje de Michael Douglas es una olla a punto de hervir, pero contenida: Un tipo superado por las circunstancias, entregado a la emocionalidad, pero con el suficiente control interno como para no explotar en ira, al menos en un comienzo. Es ahí donde Joel Schummacher maneja muy bien el ritmo de la película, y sabe cómo matizarlo con la historia en paralelo del policía, y buscar la mejor forma de unir ambos caminos. A través del policía, llegamos a entender la rabia de D-Fens, y se agradece que lo que podría ser un relato intrincado, acá está liberado de pretensiones estilísticas, siendo más sencillo de digerir. (En contraste, por ejemplo, tenemos un enjambre de intriga en Nick of Time, una cinta dos años posterior, con Christopher Walken y Jhonny Depp, donde este último debe matar a la gobernadora de California).

Aún cuando es una película entretenida de ver, podemos concluir que en ciertas cosas ha envejecido mal. Como representante de su tiempo, el anticomunismo paranoico de D-Fens  en una historia contemporánea se ve raro. Claro que es un recurso que nos recuerda los miedos de la época y el cierre de la Era Reagan en ese aspecto.

Pero fuera de eso, resulta muy contundente la fotografía de la insatisfacción de la persona promedio, las presiones laborales y las limitaciones impuestas de una sociedad de consumo que ha llegado a puntos de voracidad extremos, como podemos recordar en este documental sobre japoneses que viven en cibercafés. Una vez más, la ficción sólo nos adelanta lo que parece ser una inevitable realidad.