Cuenta la leyenda que Roger Corman tomaba un set prestado, escribía un guión en una noche, y filmaba una película en tres días. Si bien eso realmente ocurrió en algunas de sus películas (como lo dice en su libro How I Made A Hundred Movies In Hollywood And Never Lost A Dime) dista mucho de aplicarse a la totalidad de su filmografía.

La verdad es que sí filmaba rápido y con presupuestos modestos. Así, filmó en tres semanas X: The Man with the X Rays, una cita de ciencia ficción interesante, que a pesar se tener más de 50 años, sigue siendo muy actual.

La historia va más o menos así: James Xavier es un médico que investiga para lograr una visión de rayos X y poder mejorar la medicina, por ejemplo, viendo a través de un paciente y diagnosticarlo. Primero prueba en animales, pero al no tener una certeza objetiva del resultado, intenta someterse a gotas en sus globos oculares, anotándose su primer triunfo.

Luego de que le quiten los fondos para continuar, un doctor amigo intenta detenerlo, pero Xavier accidentalmente lo mata. Así, acusado y todo, escapa hacia una feria de curiosidades en Las Vegas donde se convierte en un fenómeno. Allí lo encuentra una colega que intenta regresar con él, pero lo persigue la policía. Finalmente, deambula por el desierto hasta que llega a una iglesia, donde habla con el pastor sobre lo que ve.

Está bien, intento resumir la trama (y por qué no, la historia) a dos párrafos. Pero no es el esqueleto sino el tratamiento visual y el subtexto el que más importa en esta cinta.

Primero, es innovadora la forma en que los planos subjetivos nos hacen ver cómo Xavier cambia su visión en el proceso, cuando logra ver efectivamente a través de las capas superficiales, hasta cuando se obsesiona en ver más y más allá, y sólo ve figuras y estelas. Estas escenas subjetivas son fuente de los efectos especiales del metraje. También nos muestran, por ejemplo, el deseo oculto de ver a la gente desnuda sin ser detectado.

Aquí entra el segundo punto, y lo encontramos en un voyerismo que va más allá del despojo superficial. Xavier logra suprimir toda barrera y entrar en las personas (En la escena de la feria, un heckler intenta sabotearlo, y Xavier puede ver en él tan profundamente que incluso indaga en sus relaciones personales).

Es interesante cómo al comienzo lo que parece ser un objetivo noble (la ayuda de los pacientes y la mejora de la medicina) termina por ser un elemento de control. Si bien Xavier termina siendo víctima de su propia creación, lo que plantea la historia es una forma de intromisión muy vigente hoy, y hasta normalizada: algo (o alguien) puede ver lo que hacemos, sin que lo notemos.

El cine de ciencia ficción y de terror siempre ha tenido un fuerte subtexto político (ya lo podemos ver en Night of the Living Dead de George Romero, y especialmente en la sátira social de otra de sus películas, Dawn of the Dead). La apuesta de Corman puede no haber sido pensada así 100%, pero es siniestra la forma en que encaja en la actualidad, con una excusa presentada siempre en pos de la sociedad. En este caso, la búsqueda del conocimiento, que curiosamente, se ve enfrentado y detenido en la única escena religiosa de la película.

No hay que perder de vista (jaja) que estamos frente a una película B, de Double Feature, y con un final bizarro y demasiado abrupto. Fuera de eso, la ciencia ficción propia de una época paranoica por el desarrollo acelerado no deja de ser contingente, y se agradece que después de tanto tiempo, haya envejecido bien. (Nota final: ¿Quieren ver una película sci-fi que envejeció mal? Hackers, de 1995).