Partamos de la base que Luis Buñuel ES surrealismo. A todos los cinéfilos bienintencionados nos ha quedado más o menos claro después de Un Perro andaluz, en colaboración con Salvador Dalí. Por eso, la incursión documental del cineasta español en los años 30 causó estupor precisamente por la forma: realmente no era un documental, sino un falso documental.

Tierra sin Pan nos presenta un pueblo español llamado Las Hurdes, ubicado en Extremadura, donde la incultura, la ignorancia y las enfermedades propias del tercer mundo están muy presentes. Todo esto, con una voz en off que nos relata las barbáricas costumbres de los aldeanos quienes, por ejemplo, participan de una actividad donde arrancan la cabeza de unas gallinas.

Pasamos por todo el “documental” (27 minutos) experimentando más y más situaciones que nos dan cuenta de lo atrasado de este ignoto paraje, especialmente en temas de salud. Vemos gente con bocio (definitivamente real) pero también situaciones evidentemente creadas (como el burro muerto, invadido por el panal de abejas que acaba de romperse).

Lo importante aquí es la creación de un relato. Vemos imágenes en un formato determinado (el del reportaje), con una voz en off (que ya nos da un poco de seriedad) y en algunos pasajes con explicaciones didácticas (como la escena con el libro del dibujo del mosquito). Todo esto, en forma similar a un documental. Claro, lo que vieron los espectadores en ese momento no se podía cuestionar: así es como funcionaban los noticieros de los cines: si lo muestra, es porque debe ser así. Por supuesto Buñuel, independiente de su militancia, siempre tiene un domicilio surrealista, y la intención de un surrealista es provocar. Este objetivo fue ampliamente conseguido. Fue una provocación para las élites, siempre preocupadas de mostrar lo mejor a los demás.

El impacto generado en Buñuel por la pobreza es genuino, el hambre y la falta de higiene es real. Pero sí toma elementos para convertirlo en un relato surrealista (el mismo del burro, otra escena con un bebé muerto en un moisés, y la escena de los enanos). Selecciona elementos funcionales a su construcción, e impacta. Impacta también por la sátira, al mostrar al comienzo el convento abandonado, una alegoría a la bestialidad de la zona. Pero luego matiza con la escena de la escuela, evocando cultura, aunque no deja de tener cierta ironía la frase que escribe el chico en la pizarra: “Respetad los bienes ajenos”.

Claramente en una construcción narrativa, por muy documental que sea, hay una intención. Y en esa intención, hay manipulación hacia el espectador. Pero no por eso Tierra sin Pan es menos válida como discurso político y como objeto estético. Recordemos que el documental ya había tomado prestado la recreación de imágenes (como en Nanuk, de Robert Flaherty, en 1992) como parte de su construcción visual, y sólo un par de años antes de Tierra sin Pan, tanto Walter Ruttmann como Dziga Vertov ya estaban trabajando con el documental reflexivo en Alemania y la URSS respectivamente, en una época de vanguardias donde el mismo Buñuel participaba. Por eso, la elección de Buñuel por este género finalmente no deja de lado su propia naturaleza.