A la hora de repasar la filmografía de Akira Kurosawa, la gran mayoría de las críticas, estudios y análisis se centran en sus trabajos más icónicos, como Rashomon, La Fortaleza Escondida, Los Siete Samurais, o Sueños. Rapsodia en Agosto para un poco colada, pero no por eso es menos significativa tanto en su propia fuerza como en el contexto de la obra del japonés.

Rapsodia en Agosto es una historia familiar intergeneracional, que se centra en una abuela (Kane) y sus nietos en una localidad rural cercana a Nagasaki. El hermano de la anciana, que vive en Hawaii e hizo familia allá con una norteamericana, desea ver a Kane antes de morir, pero ella muestra tozudez y distancia por la historia vinculada a las bombas atómicas y la muerte de su esposo. De ahí, el camino es que cambie de opinión.

En ese trayecto, estos mocosos americanizados y completamente inconscientes de su historia reciente como país aprenden que EE.UU no es tan genial. Que fueron ellos los que lanzaron la bomba atómica que mató a su abuelo.  Y que en el parque de las esculturas en homenaje a las víctimas no hay presencia alguna de perdón por parte de los gringos. Ese turning point los hace cambiar de idea sobre la visita de su abuela a Hawaii, e interesarse en su propio pasado como sociedad. Ahora miran con suspicacia.

También, nos enteramos que los padres de esos chicos están viendo a su tío en EE.UU. Aquí vemos a otra generación, la inmediatamente posterior, que apenas nacía después de la guerra, y que no quiere incomodar a los gringos, los que quieren que todo se olvide lo más pronto posible y colindan con una diplomácia hipócrita. Esto nos ayuda a presentar los choques generacionales que podemos ver básicamente en cualquier proceso histórico mundial (Nada más veamos lo que sucede con la primera generación árabe en Europa, y después con sus hijos).

Sorpresa. Para conocer su historia familiar es ahora el pariente gringo quien viaja a Nagasaki. Clark, interpretado por Richard Gere, aterriza y lo primero que quiere conocer es dónde murió el esposo de Kane. Los padres de los chicos, que no querían decir nada incordioso, se inquietan.  El personaje de Clark tiene una función psicológica, pero también histórica, presentando a un estadounidense dispuesto a entender el dolor de las acciones de su país.

La forma en que la cinta recupera la segunda parte del Siglo XX en la historia japonesa es intensa. No sólo en el tema generacional antes señalado, sino que en la quietud y paz del lugar en contraste con las reminiscencias del pasado, por ejemplo, en la escena del patio de la escuela con los sobrevivientes que oran. En vez de centrarse en el choque de culturas, la cinta apuesta por un entendimiento y una reflexión digna de un tema sensible, que fuera de toda falsa armonía latente en la relación entre ambos países -extradiegéticamente hablando-, apunta a ver el aspecto humano nos ayuda a empatizar.

En todo caso, los aspectos estéticos y formales también suman a la historia. La lluvia, común en otras cintas de Kurosawa, funciona aquí como una alegoría del desastre atómico, una antesala de un destino ineludible que hay que enfrentar, y que Kane tiene muy presente a medida que la historia avanza (especialmente en la escena en que cubre a sus nietos con sábanas blancas). Otra escena potente es la descripción de la abuela a sus nietos sobre la explosión como un ojo, uno gigante que observa amenazante.

Además, no sólo Kurosawa, sino otros autores nipones como Ozu y Mizoguchi utilizan un teleobjetivo y apuntan desde lejos sus tomas para aplanar el encuadre, y con tomas bien iluminadas y muy largas que se enfocan en las interpretaciones, incluso con personajes cuya acción es a espaldas de la cámara. Este estilo equilibrado del encuadre enfrenta a la abuela arraigada a sus costumbres y a sus nietos con una visión moderna desde el comienzo. Atención con las escenas de las cenas, y la ubicación de los personajes. Todo nos ayuda a entender más.

Estéticamente, tampoco hay que olvidar el ritmo y el silencio, un personaje presente siempre. Este último adquiere un tinte de solemnidad con el tema, pero también de reflexión con las situaciones particulares, un respeto a las víctimas y a los sobrevivientes y familiares, y un llamado de atención a sólo imaginar el horror y la angustia que se pudo haber vivido allí.

Me parece justo poner a esta cinta en su lugar, que como mencioné en un comienzo, no es muchas veces recordada a la hora de hacer un “top five” de Kurosawa.  Una película muy política, y con un domicilio nítido sobre quien debe entender y pedir perdón.